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PROFESIÓN PELIGRO: FALTAR A LA ESCUELA

education @ 20:29

Daniel Martínez no quiere ir al colegio. Si empiezo mi post así, a secas, usted puede pensar que se trata de un caso más de un niño que se resiste a ir a su primer día de escuela. Bueno, pues algo hay de razón, sin embargo, hay detalles que enriquecen este caso entre los millones que debe haber alrededor del mundo. La noticia llega desde México y registra que un niño llamado Daniel Martínez se aplicó pegamento en las manos y luego cogió los barrotes de la cama para no ser llevado en la mañana a la escuela. Al parecer, al niño se le ocurrió esta singular idea porque vio que su madre había comprado un frasco de resistol, un fuerte pegamento utilizado en la industria. Entonces cogió un poco de pegamento y se lo untó en las manos para luego sujetarse al armazón de la cama. Este pegamento demostró su efectividad y fue necesaria la intervención de los bomberos para poder liberarlo pues la confundida madre del niño no pudo hacerlo caseramente. Fue necesaria la aplicación de un potente solvente para neutralizar el poderoso pegamento. Luego de dos horas, recién se pudo soltar al travieso niño y no le quedó más remedio que asistir a la escuela con retraso. Cuando vi esta noticia se me antojó bastante tierna y quise comentarla y de paso recordar algunos apuntes que guardo en mi memoria cuando quien escribe también era estudiante de escuela y, como todos, le pasó alguna vez por la mente idear una treta para faltar a clases.

 

            Recuerdo que durante los fríos inviernos en que me negaba a salir de la cama, el clásico “cinco minutos más” se dejaba escuchar de mi boca todas las mañanas y mi madre, con bastante piedad, accedía a que faltara al colegio en las mañanas más frías. Además de eso, recuerdo que por aquellas épocas daban en la televisión una serie llamada The Fall Guy o Profesión Peligro con el recordado Lee Majors, el otrora Hombre Nuclear. Esta serie era co-protagonizada por una bella y desconocida rubia llamada Heather Thomas de la cual no era muy difícil enamorarse. En esta serie, ambos eran un par de detectives que estudiaban cada caso al milímetro y se aventuraban en una y mil situaciones de peligro haciendo honor al título de la serie. Pero a lo que iba es que en uno de los capítulos de la serie, uno de los protagonistas debía fingir estar muy enfermo y alguien le dio un consejo acerca de cómo poder lograr un efecto bastante verídico. Le sugirieron al protagonista de la serie que se pusiera jabón bajo el brazo para que su temperatura corporal se elevara uno o dos grados respecto al promedio. Las recomendaciones dieron resultado y el protagonista pareció realmente afiebrado, al menos el termómetro marcaba la presencia de un estado febril. Me pareció simpática la idea y decidí aplicarla. Con inteligencia esperé a agotar todos mis comodines y cuando ya mi madre me había permitido faltar bastante a la escuela a riesgo de sabotear mi educación, decidí hacer uso del consejo de la serie.

 

            Una mañana me desperté más temprano de lo habitual y me escurrí hasta el baño para poder aplicarme el jabón bajo el brazo. Utilicé una porción bastante generosa y me la coloqué en ambas axilas por si las dudas, luego volví a la cama y preparé mi mejor actuación de ese año. Eran fines de los años ochentas, lo recuerdo con claridad. Mi madre entraba puntualmente en mi habitación a despertarme como siempre para que vaya a la escuela. “Vamos de pie” me dijo como siempre y quien escribe arrancó su sainete. “Me siento mal, creo que tengo fiebre” le dije. Inmediatamente mi madre posó su mano derecha sobre mi frente y elevó sus arcos súper ciliares. “Estas volando en fiebre” me dijo y corriendo fue en busca del termómetro. Todo estaba marchando a la perfección. A los pocos segundos, mi madre regresaba con el termómetro y un preocupado semblante a cuestas. Me colocó el termómetro bajo el brazo y esperó. A los pocos minutos lo retiró y lo puso contra la luz. Marcaba 39 grados de temperatura y sonreí para mis adentros. Estaba hecho pero algo salió mal.

 

            Mi madre frunció la punta de su nariz y fue moviendo la cabeza en todas direcciones, algo que siempre hacía cuando creía detectar una fuga de gas en la casa. En este caso no fue gas lo que detectó sino el jabón y lo comprobó cuando pegó el termómetro a sus fosas nasales. “Te pusiste mucho jabón bajo el brazo y no te enjuagaste bien” me dijo. Remachó diciendo “seguramente por eso tienes fiebre”. Estaba perdido, había adivinado todo el libreto, mi actuación estaba arruinada y me indicó que me lavara bien las axilas antes de volverme a colocar el termómetro. Luego de casi una hora me colocó el termómetro, esta vez en la boca. Ahora marcaba 36 grados, lo normal y ese día llegué tarde a la escuela. Ya sabía lo que había fallado, debí haberme puesto el termómetro en la boca en primera instancia, así mi madre no hubiese detectado el olor al jabón y todo habría salido perfecto. Cuando le comenté esto a mi compañero de carpeta, Manolo, me dijo que él había visto también ese capítulo de la serie y también intentó hacerlo pero tuvo peor suerte que la mía. No entendí. ¿Qué podía ser peor que ser descubierto y enviado a la escuela? Entonces Manolo me explicó que su madre también había detectado el olor a jabón en el termómetro y repitió la operación colocando el termómetro en la boca de Manolo. Lo peor vino enseguida y la madre de Manolo quiso corroborar el resultado colocando el termómetro a la manera antigua, en el recto. Se puede decir que Manolo protagonizó un capítulo de “Profesión Peligro”.


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