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Archivo: Enero 2008

DEMOLIENDO HOTELES

education 17/01/2008 @ 18:27

Dependiendo de la educación que cada uno de nosotros haya tenido, a algunos nos es más fácil que otros el acudir a un hotel o un hostal en compañía de nuestra pareja. He conversado de este tema hasta la saciedad durante todos estos años, con diverso tipo de gente y las opiniones son muy diversas. Como digo, los primeros años de educación son claves en este aspecto y prácticamente marcan la pauta de lo que será el comportamiento de las personas a este respecto. Evidentemente las personas que proceden de un colegio religioso, son las más renuentes a hacer uso de las instalaciones de un hostal, y mientras más férrea haya sido esta formación en la escuela religiosa, menos tolerancia tendrán hacia las personas que piensan y actúan distinto de aquellas. En efecto, el sólo hecho de pensar en esta posibilidad para buscar intimidad con la pareja ya está vulnerando sus principios más rígidos y se sienten en pecado, creen que sus oídos y su mente ha sido violentada por alguna fuerza o espíritu maligno que los intenta hacer caer en las tentaciones carnales. Y no exagero, ya que hay más de un cucufato suelto por allí pero, eso sí, bastante parapetado dentro de la sociedad, pues a estas alturas ya han perdido la preponderancia que otrora tuvieron. Ahora los cucufatos son vistos con malos ojos y hasta son calificados como personas muy peligrosas que por un lado se golpean el pecho y por el otro no dudan en apuñalarte para quitarte del medio. Para el cucufato, la palabra hostal u hotel es sinónimo de aberración y no hay vuelta que darle. Para su mente, el uso de estos centros de alojamiento sólo se puede concebir durante un viaje y no más.

 

            Pero como dije, las opiniones respecto a acudir a un hostal con la pareja están divididas. Hay personas que lo toman con total naturalidad y atribuyen esta etapa de la relación a la coyuntura del momento. En efecto, esto sucede cuando los dos miembros de la relación viven con sus familiares en casa. En ese caso, forzosamente deben echar mano de una habitación de hotel para tener su momento de intimidad pues es impensable tener relaciones en una casa donde en el cuarto contiguo sus padres o su hermano están viendo televisión. Pero también están las personas que no tienen ninguna necesidad de asistir a un hostal pues alguno de los miembros de la relación vive solo en su casa. En este caso, el argumento de acudir a un hotel, estriba en el hecho de la variedad. Efectivamente, todos sabemos que quizá el mayor enemigo de una relación –además de la falta de comunicación- es la monotonía. Además, la monotonía no se puede combatir y una vez que se instala en la relación, es muy difícil exiliarla. Uno debe actuar preventivamente y evitar que la rutina llegue. Para esto, las parejas no encuentran mejor aliado que un cuarto de hostal y a veces, son capaces de improvisar uno de ellos en un baño público, en el elevador de un edificio o hasta en un sanitario de avión durante un vuelo comercial. Todo vale a la hora de deshacerse del tedio y la monotonía. Dicen que estas “políticas” son capaces de revivir cualquier relación y darle un nuevo impulso. Cuestión de probar.

 

            Pero siguiendo con las opiniones, tenemos el otro extremo de las entrevistas, el correspondiente al grupo de personas que podemos considerar los feligreses del hostal. En efecto, estas personas no conciben pasar una semana sin haber ido al menos una vez al hostal y si es con una pareja distinta, mucho mejor. Son verdaderos fanáticos del sexo y, como supondrán, la mayoría son de sexo masculino. Este curioso somatotipo generalmente encuentra su mejor habitat en las universidades y otros centros de estudio. Desde estos cuarteles generales, salen en expediciones nocturnas regulares, paseándose por discotecas, pubs y en general, todo tipo de centros de diversión nocturno. El objetivo es levantar una buena base de datos que le permita mantenerse siempre con reservas de las cuales pueda echar mano. No es raro verlos pasear con mujeres distintas en pocos días. Pero no se crea que son unos irresponsables, todo lo contrario, son muy cuidadosos y el preservativo es su mejor amigo, son muy precavidos en su higiene y casi siempre tienen dos o tres hostales de su preferencia, los cuales van rotando según la acompañante de turno. Por lo general viven tranquilos y sin sobresaltos, cuando ven que el círculo se les está cerrando, es decir, cuando una de sus parejas lo presiona para formalizar la relación, inmediatamente levantan vuelo sin el menor atisbo de remordimiento. ¿Y usted, pertenece a alguna de estas corrientes de opinión?

MOSTRANDO EDUCACIÓN PARA TOREAR CON SAPIENCIA UNA SITUACIÓN INCÓMODA

education 11/01/2008 @ 20:30

Hay ocasiones en que la educación debe ir de la mano de la paciencia y de la tolerancia. Muchas veces las situaciones ameritan que uno ponga las cosas en su lugar rápido antes que las cosas empiecen a salirse de control. Hace poco, me tocó vivir una de estas situaciones en un lugar conocido por todos y en el cual es muy alta la probabilidad de que estas cosas sucedan. Me estoy refiriendo a un gimnasio. En efecto, los hechos transcurrieron cuando un homosexual a todas luces trató de engatusarme con un argumento bastante débil pero a la vez bastante factible. Pero quisiera contarles cómo transcurrieron los acontecimientos para que ustedes elaboren sus propias conclusiones, no si antes dejar bien en claro que soy heterosexual, lo cual no representa que discrimine a personas con diferente opción sexual. Dicho esto, vamos con la anécdota que me tocó vivir.

Fue el día lunes de la presente semana que asistí al gimnasio como parte de mi rutina de cualquier día de la semana. Hace ya bastantes años que vengo practicando el deporte de las pesas y tengo, además de la experiencia propia, algunos estudios realizados en el campo del entrenamiento personalizado y la nutrición. Por otra parte este mes estoy de vacaciones y aproveché para cambiar mi horario de entrenamiento, presentándome un poco más temprano de lo habitual a mis entrenamientos. En efecto, cuando estoy laborando regularmente, prefiero el horario de las noches para entrenar y llego al gimnasio a eso de las 7 o 7:30 p.m. En este caso llegué a eso de las 3 de la tarde para tener algunas horas libres que me permitieran ir al cine o salir a ver un buen espectáculo musical. Distraído como siempre, entré casi mecánicamente al gimnasio y apenas y saludé a las chicas encargadas del área de ventas que me quedan de camino al vestuario de caballeros. Sin embargo, de refilón pude ver que el gimnasio estaba casi vacío, a diferencia de las horas de la noche en que anda bastante saturado. Me pareció muy agradable encontrar casi todas las máquinas libres, prometía ser un gran día de entrenamiento y me ubiqué en una de las bancas del vestuario para enfundarme en mi ropa de entrenamiento. Noté que no había llevado jabón para ducharme después, bueno tendría que comprar uno y decidí hacerlo de una vez por lo que decidí acercarme a la recepción de una vez. Al acercarme al mostrador de la recepción, noté que había un apersona de espaldas a quien escribe. Una vez que llegué hasta su altura, comprobé que se trataba de un joven que solicitaba informes acerca del costo de la matrícula y la mensualidad, mostrando cierta indecisión. Conservando la educación, esperé a que terminará su exposición para intervenir solicitando que me vendieran una pastilla de jabón. Mi intervención no pasó desapercibida para el joven quien a los pocos instantes decidió matricularse. Hasta allí, nada fuera de lo común.

Regresé al vestuario, con la pastilla de jabón y proseguí con mi rito previo al entrenamiento. Ahora estaba tranquilo porque sabía que podría darme u duchazo luego de entrenar. Salí entonces del vestuario y me dirigí a la sala principal del gimnasio. Como siempre, arranqué mi rutina con unos veinte minutos de ejercicios abdominales a manera de calentamiento general. Luego de esta fase me metí de lleno en el entrenamiento de la parte superior del cuerpo, no sin antes efectuar un breve calentamiento específico para las zonas a ser trabajadas. Hice dos ejercicios por cada grupo muscular del torso y uno por cada músculo del brazo. Fue un entrenamiento bien hecho y mientras terminaba el último de los ejercicios, pude ver de refilón que el joven con quien me había topado en el mostrador, se encontraba comenzando ya su primer día en el gimnasio, trotando en la faja sin fin. Aún había poca gente en el gimnasio, ya serían las 4:30 de la tarde aproximadamente y me dirigí a las duchas. Una vez en el vestuario, me deshice de la ropa de entrenamiento y me metí de frente a una de las regaderas. El vestuario estaba vacío en ese momento. Me sequé el cuerpo con toda la paciencia del mundo, disfrutando al máximo de uno de mis días de vacaciones. Cuando ya me había colocado mi ropa interior y los pantalones, vi que la puerta de entrada al camerino se abrió y alguien entró. Era otra vez el muchacho que recién se había matriculado y me abordó de frente.

Sin miramientos, me soltó a boca de jarro la siguiente pregunta: ¿Cuánto tiempo se necesita para obtener un cuerpo como el tuyo? Y antes de que le pudiera contestar, hizo una segunda pregunta ¿Se necesita tener conocimientos sobre el tema? La segunda pregunta me dio pie a responderle que definitivamente se deben tener conocimientos para alcanzar un nivel alto de entrenamiento y resultados. Cuando terminé de responder me preguntó si yo era entrenador personal pero ya con un tono de voz que dejó notar a todas luces su galopante homosexualismo. Me puse en guardia, al tiempo que rápidamente me terminaba de cerrar la camisa. Luego le dije que si era entrenador personal y que cobraba una fuerte suma de dinero por mis servicios pero que en esos momentos tenía todos mis horarios copados. Pues el indiscreto tipo no se rindió y me pidió mi teléfono para contactarme en una futura oportunidad. Definitivamente no pensaba dárselo y salvé la situación diciendo que podía localizarme dentro del gimnasio pero que era difícil que pudiera convertirse en mi alumno, que sólo trabajaba con referidos. Eso fue todo, cogí mis cosas y salí del camerino sin siquiera haberme secado bien los pies. Camino a mi auto pensaba en volver a mi horario normal de entrenamiento y cambiar de gimnasio si era necesario porque estaba visto que la situación prometía ponerse aún más incómoda en los sucesivos días.

PROFESIÓN PELIGRO: FALTAR A LA ESCUELA

education 09/01/2008 @ 20:29

Daniel Martínez no quiere ir al colegio. Si empiezo mi post así, a secas, usted puede pensar que se trata de un caso más de un niño que se resiste a ir a su primer día de escuela. Bueno, pues algo hay de razón, sin embargo, hay detalles que enriquecen este caso entre los millones que debe haber alrededor del mundo. La noticia llega desde México y registra que un niño llamado Daniel Martínez se aplicó pegamento en las manos y luego cogió los barrotes de la cama para no ser llevado en la mañana a la escuela. Al parecer, al niño se le ocurrió esta singular idea porque vio que su madre había comprado un frasco de resistol, un fuerte pegamento utilizado en la industria. Entonces cogió un poco de pegamento y se lo untó en las manos para luego sujetarse al armazón de la cama. Este pegamento demostró su efectividad y fue necesaria la intervención de los bomberos para poder liberarlo pues la confundida madre del niño no pudo hacerlo caseramente. Fue necesaria la aplicación de un potente solvente para neutralizar el poderoso pegamento. Luego de dos horas, recién se pudo soltar al travieso niño y no le quedó más remedio que asistir a la escuela con retraso. Cuando vi esta noticia se me antojó bastante tierna y quise comentarla y de paso recordar algunos apuntes que guardo en mi memoria cuando quien escribe también era estudiante de escuela y, como todos, le pasó alguna vez por la mente idear una treta para faltar a clases.

 

            Recuerdo que durante los fríos inviernos en que me negaba a salir de la cama, el clásico “cinco minutos más” se dejaba escuchar de mi boca todas las mañanas y mi madre, con bastante piedad, accedía a que faltara al colegio en las mañanas más frías. Además de eso, recuerdo que por aquellas épocas daban en la televisión una serie llamada The Fall Guy o Profesión Peligro con el recordado Lee Majors, el otrora Hombre Nuclear. Esta serie era co-protagonizada por una bella y desconocida rubia llamada Heather Thomas de la cual no era muy difícil enamorarse. En esta serie, ambos eran un par de detectives que estudiaban cada caso al milímetro y se aventuraban en una y mil situaciones de peligro haciendo honor al título de la serie. Pero a lo que iba es que en uno de los capítulos de la serie, uno de los protagonistas debía fingir estar muy enfermo y alguien le dio un consejo acerca de cómo poder lograr un efecto bastante verídico. Le sugirieron al protagonista de la serie que se pusiera jabón bajo el brazo para que su temperatura corporal se elevara uno o dos grados respecto al promedio. Las recomendaciones dieron resultado y el protagonista pareció realmente afiebrado, al menos el termómetro marcaba la presencia de un estado febril. Me pareció simpática la idea y decidí aplicarla. Con inteligencia esperé a agotar todos mis comodines y cuando ya mi madre me había permitido faltar bastante a la escuela a riesgo de sabotear mi educación, decidí hacer uso del consejo de la serie.

 

            Una mañana me desperté más temprano de lo habitual y me escurrí hasta el baño para poder aplicarme el jabón bajo el brazo. Utilicé una porción bastante generosa y me la coloqué en ambas axilas por si las dudas, luego volví a la cama y preparé mi mejor actuación de ese año. Eran fines de los años ochentas, lo recuerdo con claridad. Mi madre entraba puntualmente en mi habitación a despertarme como siempre para que vaya a la escuela. “Vamos de pie” me dijo como siempre y quien escribe arrancó su sainete. “Me siento mal, creo que tengo fiebre” le dije. Inmediatamente mi madre posó su mano derecha sobre mi frente y elevó sus arcos súper ciliares. “Estas volando en fiebre” me dijo y corriendo fue en busca del termómetro. Todo estaba marchando a la perfección. A los pocos segundos, mi madre regresaba con el termómetro y un preocupado semblante a cuestas. Me colocó el termómetro bajo el brazo y esperó. A los pocos minutos lo retiró y lo puso contra la luz. Marcaba 39 grados de temperatura y sonreí para mis adentros. Estaba hecho pero algo salió mal.

 

            Mi madre frunció la punta de su nariz y fue moviendo la cabeza en todas direcciones, algo que siempre hacía cuando creía detectar una fuga de gas en la casa. En este caso no fue gas lo que detectó sino el jabón y lo comprobó cuando pegó el termómetro a sus fosas nasales. “Te pusiste mucho jabón bajo el brazo y no te enjuagaste bien” me dijo. Remachó diciendo “seguramente por eso tienes fiebre”. Estaba perdido, había adivinado todo el libreto, mi actuación estaba arruinada y me indicó que me lavara bien las axilas antes de volverme a colocar el termómetro. Luego de casi una hora me colocó el termómetro, esta vez en la boca. Ahora marcaba 36 grados, lo normal y ese día llegué tarde a la escuela. Ya sabía lo que había fallado, debí haberme puesto el termómetro en la boca en primera instancia, así mi madre no hubiese detectado el olor al jabón y todo habría salido perfecto. Cuando le comenté esto a mi compañero de carpeta, Manolo, me dijo que él había visto también ese capítulo de la serie y también intentó hacerlo pero tuvo peor suerte que la mía. No entendí. ¿Qué podía ser peor que ser descubierto y enviado a la escuela? Entonces Manolo me explicó que su madre también había detectado el olor a jabón en el termómetro y repitió la operación colocando el termómetro en la boca de Manolo. Lo peor vino enseguida y la madre de Manolo quiso corroborar el resultado colocando el termómetro a la manera antigua, en el recto. Se puede decir que Manolo protagonizó un capítulo de “Profesión Peligro”.


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